El nuevo libro de Carlos Gruber
Raúl Altamar Arias

Sentado en la mesa principal del pequeño salón del segundo piso del Centro de Convenciones Atlapa, Carlos Gruber no estaba sorprendido de la menuda asistencia a la presentación de su nuevo libro, La silampa y yo. A pesar de que estaba en la feria del libro y de que periódicos y revistas promocionaron su lanzamiento, el autor ya se había acostumbrado a no tener tanto contacto con el público.

 

Mientras esperaba a que la maestra de ceremonias comenzara a leer el largo currículum de su carrera como el principal autor de novelas de terror de Panamá, notando cómo ella buscaba con su nariz de un lado al otro el origen de un mal olor que no sabía de dónde venía, Gruber contó a unas ocho personas en el público asistente, entre ellos caras conocidas y solo unas cuantas que nunca había visto. Estaban, por supuesto, sus tres lectores más asiduos, hombres de treinta y tantos con pinta de rockeros pasados de edad, sus camisetas negras con manchas amarillentas de sudor en las axilas; ellos tenían todos sus libros y hasta habían creado un blog, monstruospty.com, en el cual rendían homenaje a la obra de Gruber y expandían su canon literario con historias propias de fan fiction. Estaba la periodista de la vieja escuela, sesentona y con toda la pinta de una hippie vieja, quien se tomaba la ardua labor de asistir a las decenas de lanzamientos durante los días de feria para reseñarlos diligentemente en el semanario impreso que aún la empleaba por lástima. Estaba, curiosamente, Josué González, director de la editorial local CasaLibro, con quien Gruber había publicado su primera novela veinte años atrás, pero con el que cortó palito al poco tiempo debido al desdén intelectual que el editor solía mostrar ante “el burdo género del terror literario”, según le escucharon decir.

 

El salón –vacío con ni siquiera una decena de sillas ocupadas de las cuarenta dispuestas– también incluía a un grupito de estudiantes universitarios seguramente obligados a asistir por el Profesor Morales, una de las pocas personas que notó el talento de Gruber desde sus primeros cuentos cortos en la universidad (y quien tomaba largas horas de clase analizando detalladamente la prosa genial y macabra de su ex alumno). En la última fila, en la silla del extremo izquierdo, estaba sentado de pierna cruzada y pose elegante un hombre vestido enteramente de blanco, de barba y cabello canos, con pinta de playboy europeo viejo. El misterioso pero intrigante señor tenía una sonrisa maliciosa en sus labios, y sus ojos negros no se despegaban del nervioso autor sentado en la mesa varios metros delante suyo.

 

La maestra de ceremonias, una practicante de la Cámara Panameña del Libro que seguramente no tenía idea del gigante de las letras panameñas a quien iba a presentar, comenzó a leer el currículum como solo un novato inexperto en las oscuras artes de las relaciones públicas puede hacerlo.

 

 

–Eh, ¿buenas tardes público presente? Bienvenidos a la presentación de… La silampa y yo, el nuevo libro del reconocido autor panameño Carlos Gruber. Eh, ah, ok, aquí. Sí. El escritor Carlos Gruber ha escrito más de doce libros sobre los mitos y leyendas más oscuros de nuestro querido Panamá, empezando por El sombrero del padre sin cabeza, al cual le siguió la novela ganadora del premio Ricardo Miró, Reflejos de la tulivieja. Su obra incluye las antologías de cuentos cortos Misterios de El Chivato y Leyendas terribles de El Valle de Antón, al igual que el best seller internacional Vampiros capitalinos, ganador del Premio Alfaguara. El día de hoy Gruber nos presenta otra saga de terror, ahora con un toque de romance. En La silampa y yo, Gruber explora la compleja relación entre un hombre despechado y este espectro femenino…

 

La chica leía el análisis que le habían escrito sobre el libro tratando de ahogar las arcadas que sentía su cuerpo, producidas por el aroma putrefacto a perro muerto quince días bajo el sol que persistía en el ambiente. Carlos Gruber aprovechó para, discretamente y por debajo de la mesa, sacar un atomizador de bolsillo al que apretó tres veces rápidas con su dedo índice, pst, pst, pst, en un vano esfuerzo por disimular el hedor que provenía de su cuerpo con perfume barato. Su putrefacción interna había comenzando después de recibir ese glorioso premio Alfaguara en una gran ceremonia en la feria del libro de República Dominicana, quince años atrás. Al día siguiente del evento, y tras haber hecho el amor a una voluptuosa morenaza dominicana de ojos claros que aún yacía, desnuda y dormida, en la cama de su habitación de hotel frente al mar, Gruber entró al baño a botar los condones usados y a orinar cuando sintió que algo no estaba bien. Su orina tenía un tono verdoso en vez de dorado, y sintiendo una picazón rara en uno de los lunares de su brazo derecho, lo rascó y pronto sacó pus. En ese momento entendió que la segunda parte del contrato finalmente había comenzado a tomar efecto.

 

El acto que selló su destino había sucedido cuando Carlos Gruber cursaba su segundo año como estudiante de periodismo. En ese entonces solo soñaba con ser un respetado periodista investigativo para uno de los principales diarios nacionales, y no le interesaba tanto ni la literatura ni las viejas historias de miedo del interior del país. Lo suyo eran los hechos, descubrir las verdades y exponer a los corruptos. Una noche, mientras fumaba un porro a escondidas sentado bajo un árbol del patio del campus, un tipo extraño todo vestido de blanco se le acercó.

 

–Nunca vas a llegar a nada trabajando en un fucking periódico. Sabes eso, ¿verdad? –le dijo el señor en un acento neutro, claro y elegante.

 

–¿Disculpe? –le respondió, tosiendo un poco mientras trataba de esconder el porro y levantaba la vista para asimilar a su interlocutor.

 

–Todo el éxito y reconocimiento que deseas está a tus pies. Destacarás en lo tuyo, las letras y la escritura, pero no como tú pensabas. Tengo un particular interés en este istmo y quiero que tu me ayudes a, cómo decirlo, sentar el ambiente para lo que tengo planeado… Serás reconocido y respetado, no te faltará nada, y solo tienes que aceptar.

 

Cuando Gruber le preguntó al hombre de blanco sobre qué esperaba a cambio por lo que le estaba ofreciendo, sonriendo por la marihuana y lo absurdo de la situación, el tipo solo le hizo un gesto con el dedo tocándose la nariz.

 

Tras años de libros exitosos, dinero, respeto y una vida cómoda, el cuerpo de Gruber estaba pagando caro la factura. Su piel se había tornado pastosa y amarillenta, como la de un paciente de insuficiencia renal sin diálisis, obligándolo a usar cuellos de tortuga, guantes y pantalones largos todo el tiempo. Se maquillaba la cara con una base poco discreta y su rala cabellera era disimulada por una gorra vieja. En los círculos literarios era bien sabido que el talento de Carlos Gruber era tan asombroso como su asqueroso olor y aspecto físico, el cual se había hecho más incómodo para el público con el paso del tiempo. Sus obras se vendían a diestra y siniestra; los críticos se sorprendían, libro tras libro, de que alguien pudiera contar historias tan cliché y poco elevadas con el donaire literario de un Gabo y la profundidad conceptual de un Cortázar. Al terminar La silampa y yo Gruber había rezado con todas sus fuerzas para que el tormento de su vida acabara, y el día del lanzamiento esperaba una respuesta.

 

La maestra de ceremonias se disponía a darle la palabra al autor cuando de pronto ella comenzó a convulsionar. Sus ojos se pusieron blancos, cayó de espaldas y su cuerpo empezó a retorcerse. Gruber se levantó para ayudarla cuando notó que el resto del público estaba congelado en sus puestos –como en pausa– y con toda la calma del mundo vio como el señor de blanco se levantó de su silla y se acercó a él y a la mujer en el piso. Del bolsillo interno de su saco extrajo con la punta del índice y el pulgar una babosa lagartija negra, la cual mostró al autor diciendo “has terminado. Ellos seguirán tu trabajo. Gracias por tus servicios”. Soltó al bicho y éste se deslizó a toda velocidad por la alfombra, subiendo por la pierna de la chica hasta meterse en su cuerpo por una de sus fosas nasales. Una vez adentro las convulsiones pararon, sus ojos volvieron a sus órbitas, movió la cabeza de un lado a otro como entrando en sí, y se puso de pie.

 

Estupefacto y orinado, Gruber solo alcanzó a ver a la mujer y al tipo de blanco intercambiar una mirada de complicidad antes de perder la conciencia. Para siempre.

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