LA CASA DE MI ABUELA

Reynaldo Cernuda Mesa

Siendo el único hijo de una madre soltera que trabajaba todo el día, crecí en una compleja dinámica familiar en la que mayormente participaban mi madre, mi tía paterna y mi abuela materna, pasando la mayor parte de mi infancia en la casa de ésta última.

 

Un típico día de semana iniciaba con mi madre levantándome a las 5 a.m., o más bien cargándome de mi cama al asiento trasero del carro, para recorrer los 33km que separaban la casa de mi madre en Vista Alegre de la casa de mi abuela en Parque Lefevre, todo esto en quizás la mitad del tiempo que les toma a los habitantes de Panamá Oeste transportarse a la capital en estos días. Una vez en casa de mi abuela, mi madre se retiraba a ganarse el pan de cada día y mi abuela iniciaba su campaña bélica diaria para lograr bañarme, desayunar y alistarme para ir a la escuela, que afortunadamente quedaba muy cerca.

 

Luego de una rutina escolar tradicional de las escuelas particulares de aquel entonces mi abuela pasaba por mí y nos dirigíamos a casa para almorzar los deliciosos platillos preparados por la mano amorosa de aquel ser que con tantos años había perfeccionado una técnica que cualquier chef de alta cocina envidiaría. Lo que seguía era la parte más tediosa del día, realizar las tareas escolares, actividad que hoy desearía recordar solo como tediosa.

 

Mi abuela era una maestra jubilada y una persona muy metódica que vivía su vida regida por horarios definidos y con reglas simples que debían ser seguidas al pie de la letra. Mi madre siempre me dice que mi abuela “bajó la guardia” cuando yo nací y distaba mucho de ser aquella señora estricta que educó a mi madre y para ser sincero la recuerdo como un ser amoroso y consentidor, pero quizás por las historias que ella misma me contaba de como en “sus tiempos” los maestros disciplinaban a los estudiantes o tal vez por no traicionar esa confianza, nunca me atreví a desobedecer una orden. Luego de almorzar sus instrucciones eran claras “Reycito voy a dormir mi siesta, haz tus deberes escolares que al despertar si has terminado iremos a Río de Oro por un par de malteadas”.

 

No recuerdo a que edad comenzó todo, tal vez mi mente ha tratado de bloquear los recuerdos con un éxito parcial que sólo ha logrado hacer difícil recordar la fecha exacta. Lo que sí recuerdo es que luego de esas instrucciones mi abuela se dirigía a su habitación a dormir su siesta, y en el preciso momento en el que se escuchaba el sonido de la puerta cerrándose tras ella algo despertaba, algo que estoy seguro habitaba la casa mucho antes que fuera comprada por mi abuela, algo que habitaba ese lugar antes de que la casa fuera construida por los dueños originales, algo que reclamaba ese lugar y que se negó a irse después de tantos años y que estoy seguro sigue ahí, algo cuyo origen y propósito en esta tierra aún hoy es un misterio para mí.

 

Al igual que los horarios y la forma de ser de mi abuela, este “algo” era metódico y estricto en su rutina. Comenzaba con el sonido del timbre de la entrada que me hacía levantarme del comedor y asomarme por la ventana frontal, sólo para darme cuenta que no había nadie en la entrada, como es de esperarse inicialmente pensé que se trataba de alguna broma de alguno de los pocos niños que vivían por el área en ese entonces, sin embargo pronto deduje que era parte de la rutina de este “algo” a quien le puse el nombre de La Sombra, ya que quizás de todas sus formas de manifestarse era la que más terror infundía en mí. La Sombra continuaba su rutina por hacer crujir y arañar el techo de madera, lo hacía cada vez con más fuerza como para dejarme saber que se trataba de algo intencional hasta que lograba provocar que mi corazón latiera más rápido y fuerte y mi respiración se tornara más profunda. El siguiente punto en su rutina era hacer caer al suelo de la cocina algún utensilio, cubierto u otro objeto que hiciera el suficiente ruido para captar mi atención, pero que no se quebrará o hiciera tanto ruido como para despertar a mi abuela. Esto continuaba hasta que me levantara de mi asiento para ir a la cocina a recoger lo que estuviera en el suelo. Recuerdo la primera vez que me dirigí a esa cocina siguiendo ese ruido insistente, recuerdo como el miedo había sido reemplazado momentáneamente por un sentimiento de enojo por ser interrumpido de mis tareas lo cual resultaría en que no me llevarán a tomar esa ansiada malteada, recuerdo como ese enojo desapareció en un instante y el miedo nuevamente se apoderó de mí. La Sombra estaba ahí, era una mancha oscura y amorfa que se encontraba en el fregador y que rápidamente atravesó la habitación como si fuera la sombra de un ave y que antes de que pudiera entrar en la cocina se esfumo por el pasillo dejando atrás a un niño lleno de temor e incertidumbre que por primera vez no encontró deliciosa la tan esperada malteada de Río de Oro.

 

Esto continuó todos los días religiosamente, sin embargo, nunca se lo conté a nadie. Con el tiempo aprendí que si la seguía apenas iniciaba la rutina de la cocina la sombra seguiría su trayecto por el pasillo y desaparecería hasta el día siguiente y yo podría terminar mis deberes antes que mi abuela despertara, cuando no tenía tarea de la escuela la rutina era la misma solo que, en su lugar, interrumpía mis horas de televisión; aprendí a coexistir con este ente por muchos años, pero el miedo nunca desapareció.

 

Mi madre pronto inició su negocio propio en Panamá Oeste y yo comencé a viajar en busito colegial y posteriormente en transporte público al llegar la adolescencia y sentir esas ansias de independencia, por lo que mi rutina cambió y mis visitas a la casa de mi abuela iniciaban los viernes después de la escuela donde me quedaba a dormir hasta el sábado cuando mi mama llegaría para ir a hacer mandados los tres juntos, comer y regresar a Vista Alegre en la tarde, dejando a mi abuela sola en su casa.

 

Este cambio en mi rutina no significó el final de las visitas de La Sombra. Ahora un adolescente cuyos amigos de la escuela se dividían en dos grupos los que vivían en la capital y los que vivían en Panamá Oeste, aprovechaba los viernes que me quedaba en casa de mi abuela para salir con mis amigos de la capital, pero al regresar a la casa y dormir en una habitación que realmente no era de nadie y era utilizada por quien estuviera visitando a mi abuela y deseara quedarse a dormir, con un armario vacío, una cama de madera individual, un espejo colgado a la pared, 2 ventanas y un abanico de techo. Solo pude dormir un par de ocasiones en esa habitación, ya que en las noches me despertaba el arañar de la madera del closet, pues hacía un tiempo mi abuela había cambiado el techo de madera por un techo moderno de tejas y cielorraso de fibra de vidrio, seguido de la aparición de La Sombra dibujada en el techo a través de las aspas del abanico que giraban a una velocidad que aplacara el calor típico de Panamá.

 

Solo me quedaba cerrar los ojos y rezar el padre nuestro hasta quedarme dormido, nunca hubo un contacto físico, solo el regocijo de hacerme temblar y contraer mis músculos del miedo.

 

Al entrar a la facultad de medicina me la pasaba más tiempo en la universidad que en casa o en casa de mi abuela, mis visitas eran menos constantes y la veía menos seguido y mi relación con La Sombra se había distanciado notablemente. Sin embargo, al mismo tiempo comencé a notar como la salud de mi abuela se había deteriorado exponencialmente y sé que la opinión general es que simplemente se trataba de una anciana entrando en el ocaso de su vida, pero yo sé que era algo más, algo distinto. A pesar de verse cada vez más deteriorada, mi abuela insistía en quedarse sola en casa y las empleadas que conseguíamos para que la ayudaran no duraban más de una semana en esa casa. No lo deduje en ese entonces, pero ahora estoy seguro que La Sombra tomó venganza por mi abandono, podía ver en mi abuela un semblante diferente, vi como de sus ojos se había ido esa luz característica.

 

Quizás actué un poco tarde, pero un día le dije a mi abuela que la traería de paseo a la casa de Vista Alegre para que cambiara de ambiente. Esas últimas semanas vi como la luz regresaba a sus ojos y como con sus abrazos sin decir una palabra me agradeció haberla sacado de aquella casa. Una tarde me dio un beso y se retiró a tomar su siesta en la que ahora es mi habitación, se durmió plácidamente y no volvió a despertar.

 

Días después del sepelio me encontraba viendo televisión con mi madre en la sala de la casa de mi abuela y vi de reojo como una sombra atravesaba la habitación, una vez más el miedo y la incertidumbre se apoderaron de mí, pero no me moví, no dije palabra alguna, seguí viendo televisión como si nada hubiese pasado. Una vez más una sombra atravesó la habitación y yo seguí ignorando la situación, hasta que mi madre dejo salir cinco palabras de su boca que me erizan la piel cada vez que las recuerdo, hijo ¿tú también viste eso?

 

Dos semanas después convencí a mi madre de vender la casa de mi abuela, no quería que mi mamá ni nadie cercano a mí estuviera más tiempo en esa casa. Encontrar comprador no demoró mucho y no he vuelto a tener experiencias sobrenaturales en mi vida. Ahora estoy seguro y agradecido de que ese “algo” sea lo que sea habita esa casa y no la dejará jamás. A veces paso en mi auto y me detengo frente a esa casa y me preguntó si debí contarle a los nuevos compradores sobre La Sombra. Solo espero equivocarme y que lo que sea que habite esa casa no haya sido lo que apago la luz de los ojos de mi abuela.

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