EL CAMINO DE LOS CIRUELOS
Ana María Osorio

La Gran Chorrera esconde en su tierras, paisajes no vistos, lugares innombrados e historias nunca antes contadas. Entre los poblados internos de la campiña, se encuentra Las Zanguengas, en tiempos recientes, dedicada a la cosecha de piñas y sandías, pero fue en un momento, tierra de naranjas y otras frutas que crecían naturalmente en sus caminos, también, la cuna de leyendas fantásticas y eventos inexplicables. Antes, Al adentrarse al pueblo, podías ver un camino divido en dos, como quien elige entre el cielo y el infierno, a quien escogiera la entrada hacia los naranjales, se encontraría en aprietos.

 

Se sentía una pesadez proveniente de la curumbita de un ciruelo, que asustaba a los caballos, de manera que se descontrolaban del miedo y tiraban de su lomo, hasta el más experto de los viajantes; para los lugareños y creyentes, el camino se hacía a pie, sí o sí, pues no había manera de que los asustados animales pasaran con carga; Otros preferían “creer y no creer” y evitar el camino, tomando rutas más largas pero tranquilas.

 

Le decían “El camino de los ciruelos”, ya que todo el camino estaba rodeado de enormes árboles de ciruelas traqueadoras y, crecían entre los ciruelos, unos cerezos silvestres muy llamativos, aunque a simple vista no se sabe si eran comestibles o no, aunque con su fama, muy poca gente se atrevía a bicharequear sus frutos. De ese camino había muchas historias, unas peores que otras y hasta varios difuntos, y, sobre todo, la historia que cambiaría para siempre la vida de Don Eusebio.

 

Conocido ahora por muchos como “El tío Eusi”; Fue en la familia Riquelme, el más problemático y con justa razón, siendo el menor de ocho hermanos, como sus propios hermanos mayores decían “agarró a sus padres cansa’os” y en su crianza, no fueron ni la mitad de lo estrictos que fueron con sus otros hermanos. Así, creció en “soltura” y siempre hacía lo que quería, sin tomar consejos, hasta aquel día. En su juventud, además de cazar venados y perdices en las montañas vírgenes de la zona, su pasión eran los caballos, sobre todos los más salvajes y difíciles de domar; como si se tratara de una corrida de toros, disfrutaba una cabalgata en la yegua más atravesada de la finca.

 

Eusebio se había enamorado solo de Edna, la hija de los Valdéz, aunque ella lo hubiera rechazado varias veces ya, no se daba por vencido. En pleno Año Nuevo, se había internado en las profundidades de las montañas, a buscarle un venado a Edna; pero para bien o para mal, ese día no encontró nada en las montañas. Se sentía extraño, ya que ni el sonido de los pájaros anidando en los árboles se escuchaba y antes del anochecer, se dio por vencido y se fue a alistar para agarrar el año nuevo en el cruce de Santa Rita, como era tradición.

 

Se vistió con su mejor camisa de cuadros, unos jeans nuevos y una hebilla de oro que le regaló el abuelo Chirú en navidad, en la que guardó un revolver por si encontraba algún venado o bruja que lo ameritaba, calzaba unas botas de cuero amarillo y se perfumó con un “mata chola” decidido a conquistar esa noche, el amor de Edna. Encopetado, se puso su sombrero “a la pedrá” para hacer alardes de sus ancestros ocueños y salió en su caballo, Nandito, un caballo teso como su dueño, que su abuelo le había cedido después de haber sido el único en poder montarlo.

 

Llegó entonces a la hierra de año nuevo y se encontró con un gran arrepinche; el baile en su apogeo, comidas, corridas y mucha gente conocida y por conocer. Se emocionó entonces, al ver a sus amigos, Josías y Manolo, de quién tenía meses sin saber. Según ellos le contaron, los habían involucrados en un robo de ganado en la finca del Alcalde Britto, por lo que estaban “guardados” mientras se hacía la investigación.

 

Eusebio había conocido a Rosita, quien era nueva en el pueblo. Su familia había llegado de Santiago a invertir en fincas de producción de piñas; –Puras tonterías, eso no va a funcionar aquí- decía Eusebio, ya empetrolado – Lo que da plata es el ganado- mientras Rosita se reía coquetamente del borracho.

Josías comentó a Eusebio que su primo Gerita estaba viéndose con Edna, a quien pretendía y que, a media noche, iba a pedir su mano. Con lo mecha corta que era Eusebio y los tragos que tenía encima, tomó su caballo y salió como alma que se lo lleva el diablo, a impedir que “su amor” se fuera con otro.

Pasaba el rato y Eusebio seguía cabalgando entre las fincas y potreros, y entre la oscuridad y la borrachera se confundía fácilmente, temió que “la bruja lo perdiera” y decidió cortar camino y adentrarse en los naranjales del Señor Gumersindo hasta salir en los ciruelos y quedar cerca de la finca de los Valdéz.

 

Cruzó a toda velocidad el Naranjal y al llegar al camino de los Ciruelos, bajó la velocidad, como si presintiera que algo iba a cambiar. Luego de un momento de calma, escuchó una voz a lo lejos que mencionaba su nombre, por un segundo pensó que se trataba de alguien que lo buscaba, pero cuando reaccionó, la voz infantil provenía de la propia silla de su caballo, detrás de él. La duda se apodero de él y sintió como se paralizaba su cuerpo. Eusebio no quería mirar a su espalda, sin embargo, sentía cómo una mano diminuta y fría lo tocaba por la espalda y lo apretaba mientras decía su nombre nuevamente – Eusebio- en ese momento, el caballo de Eusebio dio un salto tan brusco que tiró por los aires. Al caer, Eusebio golpeó su espalda contra el suelo y al levantar la mirada, su caballo estaba en dos patas frente a él, sin poder bien qué o quién estaba sobre la silla, mientras el caballo seguía pisoteando y pisoteando, dando saltos arrebatados, intentando zafarse de lo que sea que lo estaba controlando.

 

El miedo había paralizado cada extremidad de Eusebio y sin poder moverse, observaba el cielo esperando un milagro, sintiendo en carne viva la desgracia de aquel camino. El caballo avanzaba hacia él, pisoteando cada vez con más fuerza, hasta pisotear sus piernas y sus brazos, triturando sus huesos y retorciendo su piel, pateando con saña el torso, mientras el pobre hombre, gritaba de dolor.

 

Eusebio, utilizó la poca fuerza que le quedaba y sacó de su pantalón, su revólver y apuntó a la silla y disparó, al mismo tiempo, el caballo pisoteó con todas sus fuerzas sobre su cara, llevándose de una patada el ojo izquierdo de Eusebio, quien, del dolor, perdió el conocimiento. Desde la fiesta, se escuchó el disparo y un grito sordo, que bien pudo ser el de la muerte o el de un campesino que acababa de perder su ojo, no se sabe bien, pero a quienes lo escucharon, se le despelucaron todos los pelos del cuerpo.

 

 

A la mañana siguiente, los peones del Señor Gumersindo, que se dirigían a iniciar su faena en el Naranjal, se encontraron frente a una escena de terror: Había sangre en todas partes, y los árboles del camino, estaban rasguñados como si de una fiera salvaje se tratara. Había también un camino entre la paja canalera, como si un animal pesado se hubiera adentrado al monte o si por la madrugada se hubiera crecido un río. En el caminito, había sangre negra y plumas negras enormes, como de águila o quién sabe qué. También habían marcas de las patas del caballo, la camisa de cuadros ensangrentada. A Eusebio lo encontraron inconsciente, sangrando, irreconocible y desfigurado colgando entre las ramas de un ciruelo y, su caballo yacía amarrado en un árbol a pocos metros de él, recién bañado, no tenía nada en sus patas, ni sangre, ni lodo, ni el ojo de Eusebio.

 

El chisme corrió rápido y las familias vecinas creyeron que se trataba de algún puma y otro animal que merodeaba la zona. Tanto su familia como vecinos, decidieron que lo mejor era cazar al animal, así, sus tíos y algunos peones del señor Gumersindo se echaron al monte, sin embargo, las huellas llegaban hasta una quebrada y no se supo más nada del “animal”. No fue hasta que Eusebio regresó en sí, varias semanas después, en el hospital, que pudo contar la historia que lo casi le cuesta la vida.

 

Desde entonces, los caballos no volvieron a asustarse en ese camino y en el pueblo queda la duda de qué pasó esa noche. A Eusebio le costó meses recuperarse y luego, tuvo una vida tranquila, junto a su esposa Gema, una muchacha risueña de La Colorada. -He vivido de ha milagro-, como él mismo dice, con muchos años más encima, un ojo menos, un poco más de fe y la duda de qué fue lo que ensilló a su caballo aquella noche.

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