Domingo de Resurrección

Carlos Gómez

Me desperté tempranito, tempranito, no había ni el sol ni nada y el llano estaba todo lleno de rocío. Me escapé por la puerta de atrás, la de adelante hace mucha bulla y mi mamá me pega si ando por ahí serenándome. Fui corriendo hasta el palo de marañón y me puse a recoger pepitas, hasta que un ruido en el palo de mango del vecino me asustó. Las ramas iban crujiendo como si algo fuera cayendo hasta que con un golpe muy fuerte se apolismó en el suelo. Yo me quedé quietecito y justo cuando me iba a subir al marañón a ver para el otro lado, un chancletazo en la canilla me aguantó. Salí huyendo y mi mamá correteándome hasta la cocina. Mientras ella me regañaba, yo trataba de mirar por la ventana, pero lo único que vi fue un borracho caminando por la calle.

Cuando se calmó, me vistió a la fuerza para ir a la iglesia. Nunca me ha gustado ese lugar. Hay un señor ensangrentado en una cruz en la entrada y un montón de cerámicas que te miran todo el tiempo. Cuando llegamos, era como si todo el pueblo estuviera en el parque porque las puertas estaban cerradas. No se podía ni caminar, y yo tenía ganas de orinar. Me volví a escapar.

Caminé por el borde de atrás de la iglesia, y metiéndome a un patio privado que tiene el padre se me olvidaron las ganas de orinar. Estaba buscando una vara para robarme unas guayabas cuando la vi: Una culebra o iguana rojita, rojita, como un carbón atizado. Tenía tres patas y un muñoncito que le iba creciendo debajo de la cola, como donde debía ir la otra pata. Tenía dos cachitos y los ojos negritos. La voz se me ahogó cuando me miró y soltando un berrido como me imagino que debe hacer el mismísimo chivato, salió corriendo por el potrero. Me deslizó la cola por las piernas, así que yo también corrí, pero al otro lado, para el camino que da a la calle Principal.

La calle estaba vacía y por ahí iba llorando cuando me encontré con Margarita, que estaba ayudando a su abuela, la vieja Purificación, que se había caído de camino a la iglesia y ahora andaba cojiando. Margarita me dijo que me llevaría donde mi mamá, pero la vieja me peñizcó duro en el brazo por estar llorando y me dijo: “Con eso no se juega, pelaito”. Me tapé la nariz al sentir su olor a fogón quemado cuando se me acercó y me fui con ellas hasta la iglesia de nuevo.

En la entrada mi mamá me metió dos nalgadas mientras Margarita se reía. No le conté nada de lo que había pasado, pero todavía estaba asustado. Me paré sobre la banquita del parque, tratando de ver para los potreros, pero ya no había nada.

El padre apareció entre la gente para abrazar a la vieja Purificación y luego, con un movimiento de los brazos, abrió las puertas de la iglesia. Pero justo antes de entrar, se dio media vuelta y nos dijo: -¡Regocíjense, que hoy el bien ha ganado sobre el mal! ¡Cristo ha resucitado y su sangre nos ha limpiado! Y aunque todo el pueblo aplaudió, cuando entramos a la iglesia, ni el hombre crucificado, que tiene los ojos siempre apuntando hacia arriba; ni ninguno de los santos, que todavía estaban todos tapados, fueron capaces de mirarnos o darnos una señal como muestra de confirmación.

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