Etúi

Jonathan Rangel, Yair Otniel García

Lo tomamos como un juego… ese fue nuestro error.

Aquel día, con la grabadora, debimos haberle hecho caso a nuestra abuela. Ella sabe de estas cosas. Ella las ha vivido, antes. Debimos de haberle creído.

Eran las seis de la tarde y el sol ya se estaba ocultando. Quizás él sabe lo que la noche trae con ella, y le da tanto miedo como a nosotros quedarse afuera.

Si es así, no lo culpo.

Jugábamos con una grabadora vieja de la abuela. De esas que usaban casetes. Estaba toda la familia reunida, y aún faltaban algunos más.

Rogelio estaba en la casa, un amigo del vecindario, y lo escuchábamos hablar mientras lo grabábamos en secreto. Era un tipo muy raro… parecía miembro de una secta satánica. Y tampoco es que hiciera mucho por evitar esa impresión en las personas. Solo verlo era incómodo. Estar junto a él, te erizaba la piel.

En ese tiempo, rondaba el rumor de que había hecho un pacto con el diablo. Alguien lo había visto junto a una paloma muerta, detrás del campo de beisbol, y todos decían que él mismo la había matado y luego le había cortado la cabeza.

Un charco de sangre crecía bajo sus pies descalzos.

Ese día, Rogelio hablaba sobre sexo. Como todo adolescente lo haría. Y nosotros lo grabábamos todo, pensando que en algún momento se le saldría alguna confesión o nos hablaría de algo satánico. Pero nada de eso pasó.

Rogelio se fue y nosotros nos pusimos a revisar lo que se había grabado.

“Esto es pura mierda, Jorge,” se quejó Clarisa, mi prima. “Mejor lo dejamos tranquilo, no vaya a ser que—

Octp… octp..

“¿Escuchaste eso?”

Era como un susurro rápido y agitado. Una voz escondida detrás de la voz de Rogelio. Detrás de la brisa. Detrás del rechinar de la puerta de hierro.

Octp… octp…

Era un susurro inentendible. Casi como un respiro. Un respiro que no pertenecía a ninguno de los tres que estábamos en esa habitación.

“No se metan con eso,” dijo mi abuela, entrando de la nada en la habitación. Como si ya supiera lo que estaba pasando. “Eso es cosa mala.”

Nosotros solo la miramos mientras volvía a salir…

Y no le hicimos caso.

“¡Ponlo al revés!” me pidió, Clarisa, y yo no lo pensé dos veces.

Ya era de noche. El sol se había metido. La luz de la habitación no era lo suficientemente fuerte y las sombras acariciaban las esquinas. La oscuridad salía de su escondite y pintaba las paredes de la habitación. Nos tocaba los tobillos de los pies. Nos respiraba en el cuello. Pero, aun así, seguimos.

Pacto… pacto…

Clarisa sostuvo el aliento y ambos quedamos petrificados. Nuestros cuerpos quedaron tiesos y congelados. Cada vello de nuestra piel se erizó hasta doler.

“¿Lo pongo de nuevo?” pregunté, con la esperanza de que solo fuera nuestra imaginación y no volviéramos a escuchar nada.

Pacto… Pacto…

En la habitación hacía frío, de repente.

“Súbele el volumen,” pidió Clarisa.

Ambos teníamos miedo, pero queríamos más. Queríamos saber qué era lo que estábamos escuchando. A quién era que estábamos escuchando.

Volví a retroceder, y está vez tenía el volumen al máximo.

“¿Son niños?” preguntó Clarisa, acercando su oído a la grabadora.

“Espera...” Y me levanté para buscar una bocina. La conecté a la grabadora y volví a retroceder.

Etúi… Etúi… Etúi…

Eran niños cantando, detrás de la voz que susurraba pacto.

Niños diabólicos que jugaban en la calle.

Pero la calle estaba vacía.

Etúi… Etúi…

¿Ese sería el nombre de… la voz que susurraba?

Etúi…

¿Ese sería el nombre de… un demonio?

“¡Jorge! ¡Clarisa! ¡Ya está lista la comida, vengan!”

La habitación se sentía pesada y fría, como si el aire se hubiera convertido en témpanos de hielo. La luz estaba casi apagada. Ambos respirábamos agitados. No tenían que pedirnos dos veces que saliéramos de allí. Salimos sin decir nada.

Luego de la cena, llegaron más tíos, y otra de mis primas se unió a nosotros.

En lo que hablábamos, reunidos en el patio trasero de la casa, la brisa comenzó a arreciar. Los árboles comenzaron a sacudirse y a crujir, y nosotros no sabíamos si entrar a la casa o seguir afuera.

“Se quedó aquí.”

Clarisa y yo volteamos a ver Anabel, al mismo tiempo.

“Se quedó Aquí…” repitió, Anabel, mirando fijamente a los árboles que cubrían el terreno de mi abuela. Era una jungla espesa que se extendía y desaparecía en la oscuridad de la noche. “Está allá.” Y señaló el negro del horizonte.

Clarisa tomó una linterna y Anabel y yo la seguimos.

Luego de adentrarnos por varios minutos, la hierba nos raspaba las mejillas y la presencia de los árboles era cada vez más intensa. Un escalofrío comenzó a recorrerme la espalda y el cuerpo me empezó a temblar.

Un frío profundo se me metió en los huesos y todo me decía que volviéramos.

“Clarisa, vamos a regresar…”

“¿Qué? ¿Por qué?”

“Clarisa, por favor…”

“¿Qué?”

Clarisa se volteó hacia nosotros, sin dejar de alumbrar adelante, y el corazón me saltó a la garganta. “¡AAAAHHHHHHH!”

Una figura blanca salió de entre un árbol. Tenía los ojos amarillos y comenzó a correr hacia nosotros. Parecía que volaba, más que correr. Anabel gritó conmigo, así que no fui el único en verlo. Realmente estaba allí.

Todos echamos a correr y Clarisa ni siquiera miró atrás. Corrimos y corrimos, hasta salir de entre la hierba y llegar al patio de mi abuela.

Miré hacia atrás y solo vi a Anabel.

Clarisa se había quedado atrás.

Mi tío salió corriendo y se metió en la jungla negra.

Minutos después, apareció con Clarisa en brazos. Se había caído por un barranco, y tenía una sola herida en la pierna derecha…

Tres rasguños paralelos que solo pudieron ser hechos por uñas.

O por garras…

Luego de esa noche, no volvimos a ser iguales. Nuestra amistad se disolvió entre peleas y discusiones sin sentido. Parecía como si estuviéramos cubiertos de una energía negativa que nos obligó a separarnos… de todo el mundo.

Tal vez nunca logramos escapar del Etúi…

Tal vez solo salió de Rogelio para entrar en nosotros.

Lo tomamos como un juego… ese fue nuestro error.

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