GOTAS CAYENDO
Osvaldo Reyes

    Vamos cariño -dijo la enfermera de dorados cabellos-. No es para tanto.

    El joven no pensaba igual, pero nunca se lo admitiría a la hermosa mujer que, a su lado, escribía unas palabras en su letra picuda sobre un trozo de papel. Al terminar, lo pegó a la bolsa transparente llena de un líquido claro.

    -Esto te hará sentir mucho mejor, ya lo verás -dijo ella apenas sonriendo y mostrando una hilera de blancos dientes en el proceso-. Solo recuerda tener cuidado con lo que comas la próxima vez. Si el lugar se ve como un tugurio, no esperes que la comida sea gourmet. 

    Esteban se echó a reír y el gesto disparó una ola de náuseas.
    -Ten cuidado -le dijo con tono de preocupación-. Una intoxicación alimentaria no es un relajo y lo último que quieres es recaer. A cuidarse.

    El dolor fue pasajero y pudo asentir al consejo de la bella enfermera. Ella se le quedó mirando unos segundos más y tras verificar que se sentía cómodo se alejó. En diez pasos desapareció de su vista y el sonido de sus pisadas fue cubierto por el constante resonar del aire acondicionado.

    La voz lo tomó por sorpresa. Era más grave y autoritaria. No se había percatado, pero se había quedado dormido arrullado por el urbano ronronear al cual se estaba acostumbrando. Sus ojos se enfocaron en la silueta que, parada a su lado, leía la etiqueta de papel colocada sobre la bolsa.

    -¿Quién escribió esto? -le preguntó la recién llegada. Por sus vestimentas era enfermera también, pero su postura era más formal y llevaba lentes. Su dedo señalaba la bolsa de venoclisis que, conectada a una vena de su brazo, dejaba caer una gota detrás de otra del claro líquido.

    -No sé su nombre -dijo Esteban acomodándose en la cama lo mejor que pudo-. Una enfermera. Joven y bonita. 

    -Eso es imposible, jovencito -dijo ella, una arruga marcando el centro de su frente-. Me tienen trabajando sola en el turno de la madrugada. No respetan la edad estos días.

    -Tal vez le mandaron ayuda y no le dijeron -insistió Esteban-. Se acaba de ir. Era delgada y vestía de blanco, como usted. Cofia y todo. 

    La enfermera se le quedó mirando como si estuviera hablando en arameo. Miró la etiqueta en la bolsa y al final alzó los hombros y la removió de un solo tirón.

    -Si es así, tendrán problemas el lunes. Debieron avisarme y la enfermera que mandaron se equivocó. Esta -dijo sacudiendo la etiqueta con fuerza-no fue la orden que dio el doctor. 

  -¿No? 

    La enfermera se ajustó los lentes y sacó un papel similar de un bolsillo en su blusa. Lo pegó en remplazo del que había removido y ajustó el goteó de la venoclisis. Las gotas empezaron a descender un poco más rápido.

    -No. No se preocupe, jovencito. Ya lo arreglé. Quedará como nuevo en poco tiempo.

    La enfermera giró un poco y lo miró directo a los ojos.
    -Y si vuelve a ver a la enfermera, pregúntele si se llama Clara. Si le dice que sí, persígnese y rece un Ave María. Eso la hará desaparecer. 

    Su rostro debió ser toda una manifestación de dudas, pues la enfermera de los lentes se acercó un poco. Su voz se redujo lo necesario como para permitirle escuchar con algo de esfuerzo.

    -A estas horas de la noche tiende aparecer la enfermera fantasma. Deambula por los pasillos y cumple las órdenes de la noche en que murió. Reduce el goteo de las venoclisis, pone medicinas y atiende a los enfermos. 

    -¿En serio? -y Esteban terminó de sentarse en la cama. No era supersticioso, pero el hospital le daba miedo, aunque nunca lo admitiría en público.
    La enfermera asintió con gravedad.
    -Se llamaba Clara. No tenía familia ni hijos. Vino del interior a estudiar y su vida era el hospital. Un día se enamoró de un doctor. Un nefrólogo. Él estaba casado, pero ella se dejó envolver por las mentiras. Le creyó cuando le dijo que se divorciaría para casarse con ella. 
    Levantó la mirada y miró hacia el final del pasillo. 
    -Un día el doctor la vino a buscar a un turno para que se fueran a un motel cercano. Ella no quería, pero él era muy convincente. Al final aceptó y se escaparon por una hora. Cuando regresó ya tenía planeada una excusa para justificar su ausencia. Lo que no se esperaba era ver a tantas personas y el silencio de la sala destrozado por los gritos.
    La enfermera regresó su atención a Esteban, los fantasmas en sus recuerdos disipados por un instante.
    -Un joven pensó que el goteo de su venoclisis iba muy lento y lo subió sin consultar. Lo malo fue que recibió una dosis masiva de cloruro de potasio y su corazón se detuvo. Un paciente se dio cuenta del problema y al no encontrar a la enfermera, se fue a otra sala. Cuando llegaron, el joven estaba muerto y no lo pudieron resucitar. 
    -Debió ser un golpe terrible para ella --murmuró Esteban.
    -No fue lo peor -respondió la enfermera, sacudiendo la cabeza con tristeza-. Ese día, después de acostarse con ella, el médico le dijo que no pensaba dejar a su esposa y que no lo buscara más. Clara lloró y le suplicó, pero el médico le dio la espalda y salió del motel. Incluso se fue sin pagar, dejándole a ella la cuenta. 
    Le puso la mano en el hombro y le indicó que se recostara de vuelta en la cama.
    -Nada que pueda hacer al respecto ahora. Eso pasó hace siglos, pero la leyenda dice que Clara no pudo con todo, subió a la azotea del hospital y se lanzó al vacío. La culpa y la vergüenza la destruyeron. Ahora, su espíritu vaga por los pasillos del hospital, haciendo las labores que debió cumplir esa noche. 
    Ajustó el goteo de la venoclisis y le sonrió a Esteban, que parecía querer mirar debajo de la cama, para asegurarse de que Clara no estuviera allí.
    -Descanse joven -dijo la enfermera de los lentes-. Ya sabe cómo defenderse del fantasma de Clara. Descanse.
    Esteban se relajó un poco. Sus párpados empezaron a cerrarse, hipnotizado por las gotas que caían desde la bolsa.
***
    Una sábana blanca cayó sobre su rostro. Un médico, cuya cabellera era una mezcla de negro y gris, dejó de escribir para mirar a la enfermera que sollozaba detrás de su escritorio.
    -Yo no fui -dijo él, su tono severo como un cuchillo-. Si yo no subí el goteo, alguien más lo hizo.
    -Le juro que no fui yo -dijo la enfermera, sus ojos rojos y marcados por la preocupación-. Cuando lo dejé, Esteban estaba bien y el goteo bien colocado. A la velocidad ordenada.
    -Eso no fue lo que nos encontramos -ripostó el médico-. La venoclisis con el cloruro de potasio estaba casi vacía cuando llegué. 
    -Tal vez fue la enfermera fantasma -dijo un médico mayor, que se limpiaba las manos con un poco de alcohol.
    -No hagas bromas. No es el momento. Alguien murió y van a investigar qué paso. Yo no fui y resulta que ahora nadie aumentó el goteo de la venoclisis.
    -Su vecino dice que vio una enfermera hablando con él y no fue ella.
    -Tampoco fue el fantasma de Clara. No creo en espíritus y mucho menos en uno que recorre los pasillos del hospital repitiendo el error que cometió el día que se suicidó. 
    -No fue su culpa. Estaba deprimida y calculó mal el goteo. Después de todo, dice la leyenda que esa noche su novio rompió con ella, por no querer dejar a su esposo.

-No me lo creo. No me pasa por la cabeza que una persona en su sano juicio pudiera estar tan deprimida como para equivocarse calculando un simple goteo.

-Tal vez nunca has estado enamorado dijo el médico mayor secándose las manos en la tela de la bata.
    -No empieces -dijo él-. Tengo mucho en mi cabeza. A ver, Sandra, ¿qué otra enfermera está de turno?
    -Nadie más. Soy la única persona asignada a esta sala y, antes que lo sugiera, no estoy cansada ni agotada y mucho menos loca. Yo puse bien el goteo de esa venoclisis.

    No soportó más y echó a llorar. Agachó la cabeza y ocultó su rostro detrás de sus manos, sus dorados cabellos cayendo como una cortina por encima de ellos. 

Basado someramente en la leyenda de la enfermera fantasma, conocida por todo el personal de salud del Hospital Santo Tomás.

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