EL Llamado
Yim Aguilar

Esta anécdota es real, como citadino, mi experiencia con leyendas urbanas es... única. Con siete años de edad, la idea de pasar Semana Santa con los tío-abuelos de  mis primas me desagradaba pero por ser la primera vez que cruzaría el Puente de Las Américas, la curiosidad y el sentido de aventura invadía todo mi pequeño ser. El largo viaje en la carretera al interior del país fue solitario y silencioso. Mi tía, siempre conversadora y afable, permaneció en un silencio anormal toda la distancia. Mis primas fueron rápidas en dejarse llevar por las luces de los faros que iban y venían en plena oscuridad. Nunca hubo noche tan negra como aquella, sin luna ni estrellas, sin horizonte que ver, sólo un vacío infinito que amenazaba con consumirnos.


Si me preguntaran cómo llegar a aquel pueblito muerto, no sabría qué decir, pero recuerdo cada detalle del lugar lúgubre cubierto en neblina que me marcó de por vida. La entrada en la mitad de la nada, oculta con árboles frondosos, daba a una calle no más ancha que nuestro auto. Resquebrajada y destrozada por las inclemencias del tiempo, era un aviso de lo que me esperaba en ese lugar abandonado por toda la humanidad desde su construcción. Con sólo dos faros para iluminar todo el lugar, la tiniebla reinaba. No había un alma afuera, ni luces encendidas. La mísera luz ámbar que intentaba romper la penumbra, apenas nos dejó ver dos chozas humildes ocultas entre un matorral descuidado. Un señor mayor sentado a las afueras de su casa, nos
penetró con su mirada fría hasta estacionar en la choza vecina. Al bajar del auto noté el silencio y frío sepulcral que abrazaba el pueblo, perturbado únicamente por nuestra llegada a aquella cabaña derruida. Cuatro paredes rajadas, una puerta y ventanas de  madera desteñida serían nuestro asilo por los siguientes dos días.

 

Una anciana huesuda y encorvada se asomó por la ventana. Mi corazón dio un tumbo e instintivamente tomé la mano de mi prima mayor. Mi tía llamó y la anciana nos recibió preocupada, "Entren rápido, ya casi es media noche y los espíritus salen en Semana Santa, es peligroso estar afuera," dijo. Cualquier duda fue arrancada
inmediatamente por la carcajada de mi tía, "No asuste a los niños, tía." Si ella no creía en esas cosas, yo no tenía qué temer, pero la señora no rió. Endureció su expresión y respondió: "Las brujas salen en la noche y se llevan a los niños perdidos." 

 

Yo no le creí.


El interior de la casa sumido en un negro absoluto, nos forzó a encender las luces del auto. Dos habitaciones y una cocina-comedor conformaba la casa entera. Mi prima menor no despertó del viaje y tras acomodar nuestras colchonetas en el frío suelo de tierra, nos ordenaron dormir. No pudimos pegar una pestaña. Era un lugar extraño de olor rancio y gente rara. En mi mente estaba ver el pueblo, sin importar la hora que fuera. Los adultos murmuraban cosas ajenas a nuestras jóvenes mentes y después de una seria reflexión, mi prima y yo decidimos que era hora de salir.


Mis tíos habían apagado las luces del auto mucho antes, por lo que nuestros ojos se habían acostumbrado a la negrura. Muebles de madera igual de viejos, un techo de zinc sostenido por vigas con polillas y telarañas en las esquinas, era lo único que había en la casa. Seguimos la luz que acompañaba las voces hacia una puerta
trasera y nos encontramos con los adultos. Me sorprendió que las órdenes de la anciana de volver a dormir fueran rechazadas por mi tía, que nos permitió permanecer despiertos un rato más.


Contaban historias de terror de fantasmas, de los llantos de una mujer en pena y más relatos de sus encuentros con lo paranormal. Nos hallábamos en una tierra extraña, donde incluso los gatos pueden hablar.


A mi no me interesaba.


Aburrido de los cuentos, deambulé hasta llegar a la calle. La niebla espesaba y el frío penetraba hasta los huesos. A lo lejos, podía ver la luz difuminada del otro faro del pueblo en lo que parecía ser un parque. El cielo no había despejado y la única señal de vida en todo el lugar eran las voces que poco a poco se apagaron también. El parque se hacía claro con cada paso, vislumbré un árbol tan colosal que la luz del faro no alcanzaba a iluminar su copa. Grueso y frondoso, por sí solo era llamativo, sin embargo, era la mujer frente a éste lo que me atrapó. No la había visto antes de llegar al parque y ahora, a escasos metros de distancia, no pude evitar observarla.


Su piel era pálida, blanca como la luna, casi brillaba bajo la luz. Su cabello negro y largo caía sobre su elegante vestido negro. De su rostro oculto en sombras pude determinar que era hermosa y sus delgados labios rosa decían algo que no pude entender. Me incitó a acercarme con la mano y obedecí, me perdí en sus finos dedos y uñas largas. Su piel pálida dejaba ver el mapa de sus venas, su vestido era translúcido y brocado en negro.
Insistió en decir sus palabras mudas y yo me aproximé más; estaba en un trance, ligero de pasos y de mente, mareado en su perfume sutil. Al estar un poco más cerca, descubrí el velo negro que cubría su rostro y sus pies sucios y descalzos.


"Ven... Acércate..."


Lo hice. Su voz me era familiar; estaba bien caminar hacia ella, la conocía.  Quería caminar hacia ella. Sabía quién era. Un aletazo a mi lado me espantó. Cerré los ojos y me agaché con las manos en la cabeza, temeroso del murciélago. Cuando el aleteo se alejó volví a ver a la mujer, su bello traje no era más que harapos sucios y rasgados, su cabello desaliñado pintaba canas y apenas cubría su rostro demacrado. Úlceras putrefactas llenas de gusanos cubrían su cuerpo y un líquido viscoso emanaba de las heridas con un hedor estupefaciente. La mano huesuda repitió el gesto y dijo una vez más con una voz ronca:


"Ven, hijo mío. Acércate."


No di un paso más. Mi corazón saltaba tan fuerte, que apenas pude oír la bandada de murciélagos que ahora volaba sobre nosotros. Mis piernas débiles no obedecieron mi impulso de huir ni las órdenes de caminar hacia... eso. Me miró con la mano extendida y dio un paso. Intenté gritar, pero el pánico me congelaba. Iba a morir, me llevaría y nadie lo sabría jamás.

Ella dio otro paso; su mano estaba terriblemente cerca de mi. Escuché a mi prima llamándome y la miré de lejos con mis ojos llenos de lágrimas, en un intento mudo de pedir ayuda. "Vamos a casa, nos están  buscando," dijo parada a lo lejos en la niebla. Su falta de reacción ante el visaje espectral me despertó.
Sentí el agarre frío y húmedo de la garra huesuda sobre mi muñeca e inmediatamente corrí hacia mi prima. Cada paso me era lento y difícil, tan sólo unos cuantos metros se convirtieron en kilómetros. El aire era pesado. Tropecé, mis piernas me fallaron otra vez pero hice mi mejor esfuerzo por ignorar el dolor y huir de mi perdición. Cuando llegué con mi prima, ella no entendió mi pavor al dar un último vistazo hacia el árbol y no
hallar nada.


No había mujer o murciélagos, sólo un faro con una triste luz amarilla y un árbol en la penumbra. Conozco el escepticismo que habla desde el fondo de la mente pero eventualmente todos escuchamos el llamado.

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