Noche especial en el Mocambo
Raúl Altamar Arias

El Mocambo estaba a reventar ese miércoles de quincena. Las putas del burdel se encontraban todas ocupadas atendiendo a las docenas de tipos que bebían, gritaban, bromeaban y, de tanto en tanto, se tomaban unos quince minutos para “subir” al cuarto de alguna de ellas para descargarse.

 

Diomedes acababa de recibir un pago jugoso por transportar una carga urgente desde el puerto de Balboa hasta Pesé en su mula, y esta noche quería premiarse con algo especial. Ya se había regalado un almuerzo de rey en el restaurante de un hotel en la Interamericana, y ahora quería un buen ron y una mejor puta. A diferencia del resto de sus colegas transportistas, a él no le gustaba ir en grupo a estas vainas porque, carajo, uno venía aquí a una cosa y no a otra. Si quería echar cuentos se iba a un bar, si quería bailar, a un jorón. Desde hace más de sesenta años el Mocambo era una institución nacional al servicio del bienestar sexual de los hombres del interior del país, y precisamente a eso iba. Vería un juego en la televisión sin sonido atornillada a una de las paredes, se tomaría unos seis ron con colas, echaría su polvo e iría por fuera.

 

Iba por su sexto ron (y el tercer gol en la tele) cuando pilló a la elegida de la noche. Era flaca, nada despampanante sin tetas o culo operado, de cabello castaño oscuro un poco corto sobre los hombros y piernas largas. Ella estaba parada junto a una tragamonedas que había dejado de funcionar en 1992, recargada la pared pero con cansancio, no en una postura provocadora, algo que la hacía ver un poco vulnerable, sintió Diomedes. Ella vestía unos shorts de jean cortados de azul claro, una camiseta morada sin mangas y un par de chancletas baratas. Su mueca era una más bien de enojo, con ese ceño fruncido y labios apretados que a ciertas mujeres les luce sexy. El cliente le hizo la seña para que se le acercara, pero ella solo le quitó la mirada. Él se fijó que en el tiempo que había estado chupándose sus tragos nadie la había solicitado (y ella tampoco se le había ido a sentar en las piernas a ningún tipo), motivo de suficiente peso como para que ignorara su grosería, apurara el contenido de su vaso y se levantara para ir hasta ella.

 

Cuando estuvo a menos de un metro de la mujer, la miró directo a los ojos y le arqueó ambas cejas y le levantó ambas manos en señal de pregunta. Una bocina del equipo de sonido tocando vallenato estaba cerca, así que el tratar de articular una palabra era ensordecedor. Ella, sin cambiar la expresión de su rostro, solo le agarró un chicote del pantalón con un dedo, se dio la media vuelta y comenzó a jalarlo hacia su cuarto sin decir una palabra. En el momento de detenerse para pagar la habitación el tipo de la caja lucía entre sorprendido y asustado. Solo la miró a ella por un segundo y al cliente ni lo ojeó, tomando dinero y manteniendo la cabeza baja. Diomedes pagó cuatro tiempos, casi una hora, con seis billetes de diez achurrados y húmedos.

 

Caminando por el largo corredor hasta su habitación, Diomedes notó que ella arrastraba ligeramente una pierna. “¡Coño, espero que no esté enferma o tenga algo raro”, pensó, pero no dijo nada. El brazo del dedo que lo jalaba hacia delante por el chicote, ante la luz blanca del pasillo, se veía traslúcido, y al tocarle el hombro como para entrar en confianza la sintió un poco fría, como recién salida de una piscina. Resultó que su cuarto, por alguna razón, estaba alejado de los del resto de las chicas y se encontraba cerca de un garaje, como en un depósito.

 

–¡Ey, ey! ¿A dónde tú me estás llevando, mami? – alcanzó a exclamar, medio en broma y medio en serio.

 

La única respuesta que recibió fue un ligero gruñido. Al llegar al cuarto ella empujó la puerta con una patada, entró, y le hizo una seña con la mano para que se acostara en la cama. Ignorando a las moscas que zumbaron junto a su cabeza volando de salida mientras él entraba, Diomedes se encontró ante un espacio casi vacío, ocupado por una cama de madera viejísima en el centro, un tinaco de plástico para basura repleto de pedazos de papel toalla en una esquina, y unas cinco llantas de camión usadas apiladas en otra. Algunas de ellas parecían estar mordidas. Había una puerta a un baño y mujer entró allí inmediatamente. El colchón ni tenía fundas, apestaba a sudor y estaba lleno de manchas oscuras. Pensando “¡pues ya qué chucha!”, se sentó en la cama dejando caer todo su peso, lo cual creó un rechinido propio de un box spring oxidado.

 

En lo que en otras circunstancias podría ser una escena coqueta en una película romántica, la mujer sacó la cabeza desde la puerta del baño para ver si el cliente ya se había puesto cómodo. Su garganta hizo otro pequeño rugido que lo hizo voltear a verla. Ella no entendió lo que él le dijo. La voz del tipo le sonaba como alguien tratando de hablar bajo el agua. Ella se había desnudado y puesto un poco de perfume de una botella de aluminio que, de haber podido leer la etiqueta, hubiera sabido que se llamaba Lysol Lavanda. Salió del baño y caminó lentamente hacia la cama, con un brazo cubriendo sus escasos senos, y con la misma expresión de enojada/sensual de antes. El hombre se notaba excitado y de una vez se bajó los pantalones para enseñarle su verga parada.

 

Con Diomedes recostado en el colchón, expectante, ella se tambaleaba suavemente de un lado a otro como borracha parada frente a él. Aunque sus miradas no se desconectaban, el cliente no percibía nada raro, como la mordida púrpura en el seno izquierdo que ella seguía cubriendo discretamente con su brazo. Pasó un minuto y Diomedes comenzó a subir la voz mientras su falo iba descendiendo. Siguió gritando y reclamando cuando ella, de repente, descubrió sus seno mordido y bajó sus brazos a sus costados, dejando las palmas de las manos abiertas. El cliente se quedó estupefacto por unos segundos, intentando deducir el cuerpo y la escena frente a sus ojos, cuando de repente la mujer cerró ambos puños hasta poner blancos sus nudillos y comenzó a vibrar por todo el cuerpo. El grito visceral que a continuación ella produjo, proveniente de una boca oscura de dientes manchados, lo dejó congelado en la cama.

 

Entre el vallenato a todo volumen del equipo de sonido del salón, las carcajadas de los borrachos y damas de la noche, y los ruidos de los carros yendo y viniendo por la carretera, nadie escuchó los gritos de Diomedes ni los sonidos de su cuerpo siendo despedazado a mordidas.

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