La Noche

Juan Burgos

La humedad era como un manto de agua suspendido en el oscuro ambiente de la casa de quincha y teja, que ya rondaba los cien años. Joaquín era la cuarta generación que pasaba por esa casa. Entre hamacas y catres dormían todos encobijados por mantas de lana. Las ventanas de madera vieja, pero cuidada, golpeaban sutilmente contra su propio marco. Afuera, las naranjas y mangos caían de los árboles, imitando pasos de personas, mientras que el golpe de las hojas de árboles panamá y espavé llenaba el ambiente, compitiendo contra río del Harino, que corría a menos de veinte metros de la casa. De vez en cuando un grillo se escuchaba a lo lejos y el croar de las ranas llenaba el recodo del río. Una medialuna casi perfecta e inmaculada alumbraba todo el paisaje y lo pintaba de un azul oscuro que no discriminaba a nada ni a nadie.

Un profundo dolor le recorrió el cuerpo por tercera vez en la madrugada. Ya estaba acostumbrado a él. No lo dejaba dormir una sola noche entera desde que tenía nueve años. Luego de ocho años uno se acostumbra a cualquier cosa. Su insomnio, producto secundario de sus dolores, despertaba nuevamente. Sintió un calor abrumador. Estaba arropado hasta el cuello en su manta de lana. No demoró mucho en darse cuenta que sudaba copiosamente y decidió sin titubear mudarse a la hamaca del rancho de afuera, por el cual corría una de esas brisas frías del Copé a las dos de la mañana. Tomó su manta, su almohada y su latente insomnio y se deslizó fuera del catre para atravesar el laberinto de camas, catres y camarotes que poblaban la habitación.

El rancho daba al frente de la casa. Todo lo que salía y entraba, tenía que pasar por ahí. Encontró las hamacas vacías. Se acomodó en la más cercana al borde y esperó como perro obediente, que el sueño llegara. Conciliar el sueño, pensó, puede ser, después de conquistar a una mujer, la cosa más difícil del mundo.

Unos pasos sonaron a la distancia, mas no les prestó mucha atención. El dolor que sentía, ahora se había convertido en una presión en el pecho. Esta aumentaba paulatinamente sin compasión aparente. Los pasos volvieron a sonar, esta vez descoordinados, cual sístole sin diástole ni dueño. No coincidía con ver al emisor de tales pasos. Una parálisis sumió su cuerpo entero. La presión aumentaba. Su visión comenzaba a nublarse, cuando vio una sombra moverse bajo la tenue luz que bañaba la tierra. Venía del río. Su corazón ahora corría cual caballo pura sangre, a punto de comenzar un derby. Entre los manchones borrosos que sus cansados ojos propiciaban, adivinó unos mechones de cabellos blancuzcos que caían sobre un rostro cabizbajo, cansado de buscar.

La visión comenzaba a concretarse. Era una vieja que caminaba bajo una joroba, cortesía de los años. Su cabello le cubría la cara, el cuello, los hombros, y parte de sus demacrados trapos rotos que a duras penas se podían considerar como ropa. Una piel grisácea llena de agujeros por los cuales brotaban vellos blancos poblaban sus piernas y brazos. Parecía débil, cansada, perdida, enferma de tanto caminar. Una suela de callos amarillentos cubrían sus pies, cargados de heridas y cortadas curadas a medias. Un leve sollozo comenzó a deslizarse en el ambiente. Era un sollozo viejo, de cuerdas vocales dañadas y lágrimas que ya no corrían por su rostro. Se habían secado hacía muchos años.

Joaquín no lograba articular palabra alguna, mas que un leve balbuceo, inentendible. La visión dejó de caminar. Paró en seco mientras luchaba contra la joroba con la esperanza de alzar una vez más su rostro. Un gemido sordo, casi apagado, salió de sus labios al ver al muchacho tumbado en la hamaca. Joaquín luchaba contra su propio cuerpo. La presión en su pecho era inaguantable ya, pero como en un acto de rebeldía, sus extremidades no respondían. Tenía ya su corazón en la garganta.

El rancho se sumió en un silencio sepulcral. Los grillos dejaron de sonar, el río dejó de correr, las aves dejaron de cantar, el viento dejó de soplar. Lo único que se escuchó en ese instante fueron los ensordecedores latidos del corazón de Joaquín o del espectro, no importaba ya. El silencio fue cortado por los labios de la visión, que balbuceó una combinación de sonidos con intentos de palabras.

 

“…hijo …hijo mío …al fin te he encontrado…”

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