El Puente de la Línea

Ariadne Mariel Peralta Archibold

Mientras los últimos vestigios del sol se perdían entre los oscuros nubarrones que se avecinaban, un solemne silbido se escuchó a la distancia, era el viejo ferrocarril que se dirigía a toda velocidad hacia Potrerillo. A pesar de las décadas, seguía causando sensación entre los pueblos por los que pasaba.

-Ya viene subiendo el tren- murmuró Rosa mientras observaba desde el portal, la poderosa máquina.

-Ya no demora doña Janeth en…- decía Raquel a su lado, cuando vio a la mujer que salía de la cocina con dos platos de sancocho.

-Bueno chiquillas, ¿entonces ustedes tenían hambre o no? – preguntó ligeramente molesta la señora sirviendo las viandas.

-¡Si, ya vamos!- contestaron las hermanas al unísono, mientras se levantaban del piso de tierra y corrían a trompicones a la mesa, para escoger el plato de sopa más grande.

Cuando estaban ya todas sentadas, doña Janeth les hizo una señas porque iban a rezar.

-Te damos gracias señor por esta cena que nos has dejado comer la tarde de hoy, bendice a todos los que formamos parte de esta mesa y ayuda a aquellos que están lejos y hambrientos, amén- finalizó doña Janeth, quien siempre había sido conocida en su pueblo de ser una mujer tan devota, al punto de haber construido su casita de madera y cañaza a un lado de la capilla.

La sopa estaba muy caliente, cosa que no le gusto a Raquel, quien solía darle vueltas a la comida hasta que estuviese medio fría; Rosa por el contrario, aunque le quedaran ampollas en la lengua, jamás dejaba pasar una comida recién sacada del fogón.

-Les agradezco de nuevo por estar aqui- dijo doña Janeth dándole ligeros soplos a su comida- Carmen es muy amable en dejarlas hacerme compañía hasta que Euclides regrese del trabajo.

-No hay problema, mamá dice que mientras no rompamos nada, siempre podemos venir- dijo Raquel jugando con la cuchara encima del vapor de la sopa.

-Además Gladys y Payo nunca colaboran en casa, así que cuando no estoy les toca fajarse entre los dos, las tareas que yo sola hago- explicaba sonreída Rosa, refiriéndose a sus otro dos hermanos, mientras mordisqueaba los huesos que le habían tocado.

-¡Oye, yo te ayudo a barrer!- exclamó ofendida Raquel a su hermana, golpeando la mesa.

-Tu solo lo haces cuando papá esta en casa para que te mangongé- contestó molesta Rosa señalándola acusadoramente con un hueso de pollo.

-Bueno niñas tranquilas - replicó Janeth, intentando bajar los ánimos- lo importante es que gracias Dios están aquí disfrutando de una buena comida; además también les agradezco que me ayudaran a tejer esos sombreros, no es fácil hacer todo ese trabajo sola.

Ellas se voltearon a mirarla y le sonrieron. Todavía recordaban la primera vez que su madre les dijo que acompañaran a su amiga. Ninguna de ellas quería ir porque conocían la fama de religiosa que tenía doña Janeth y pensaron que las mantendría arrodilladas rezando el rosario o la magníficat hasta que su esposo volviese. Pero tras conocerla, se dieron cuenta que era una mujer normal muy amable y cariñosa. En lo que quedo de la tarde todas se quedaron charlando y tejiendo, rememorando eventos divertidos y experiencias que había vivido.

 

En la penumbra una radio tocaba la distorsionada melodía de un baile lejano y Janeth a punta de su lámpara de queroseno terminaba unos bordados para las hermanas, quienes se habían quedado dormidas en un sofá. De repente se escuchó que alguien golpeaba a la puerta. Janeth saltó de su silla y se dirigió velozmente a la entrada, era su marido. Ella le abrazó con fuerza y le dio varios besos en el rostro, pero se detuvo abruptamente al percibir el rancio olor a alcohol que llevaba encima.

-Dios mío, Euclides, ¡mira que hora es! ¿y pa’ remata regresas borracho a la casa?, ¿cuántas veces te tengo que decir que las hijas de Carmen me hacen compañía cuando no estas? y no me gusta que te vean así- dijo molesta Janeth en lo que cerraba la puerta y ayudaba a Euclides a sentarse en la silla donde estaba bordando.

-Pues entonces… dile… a Carmen que… no las mande pues- contestó medianamente el hombre, reclinando la cabeza para soportar el mareo.

-¿¡Cómo se te ocurre que les voy a decir…¡?- exclamo enfurecida Janeth

-¿Qué cosa?- interrumpió Rosa, quien se había despertado por los gritos de la mujer. Escuche como una voces distantes, que… ¡ah! Buenas noches Don Euclides que bien que ya regresó a casa, intentamos esperarlo despiertas pero no pudimos aguantar.

Euclides gruño algo ininteligible con los ojos entrecerrados, Janeth estaba avergonzada de que las hijas de su amiga vieran a su marido así, por lo que decidió que ya era hora que volvieran a casa.

 

La madrugada estaba nublada y fría; y las hermanas no estaban seguras de querer tomar el trillo que las llevaba de regreso al pueblo.

-Esta demasiado oscuro- dijo Raquel angustiada aferrándose al brazo de Rosa- ¿y si nos sale un manigordo?

-No creo que hayan por aquí Raquel, pero de todas formas ni loca pienso ir por allí- respondió Rosa observando el bosque y la oscuridad que en el aguardaba.

 

Se voltearon hacia las vías del tren a sus espaldas.

 

-Lo mejor sería que siguiéramos las líneas del tren- sugirió Rosa señalándolas y luego viendo a su hermana- después de todo pasan delante de la casa, es el camino más largo, pero es mejor que ir a ciegas.

Raquel coincidió con ella y fueron caminando encima de las vías del ferrocarril.

Las escasas casas que alcanzaban a divisar estaban tan distantes que Raquel se preguntó si sus dueños no se sentirían solos. En eso era muy diferente el pueblo de doña Janeth del suyo; en donde las casa estaban tan cerca las unas de las otras, que los niños entran y salen de ellas como si fueran propias, al punto que a veces se creía que eran hijos de los dueños. Los insectos y ranas cantaban una canción desafinada y un fuerte viento por poco hace a las hermanas perder el equilibrio.

 

-¿Cuánto falta para llegar?- dijo Raquel asustada y fatigada levantándose de las vías – solo quiero estar en casa.

- No falta mucho Raquel- respondió con calma Rosa agachándose para que su hermana se montara en su espalda- solo debemos bordear esa loma que ves al final, pasar el puente y ya estaremos en el pueblo.

-¿El puente?- repitió Raquel sorprendida – no podemos pasar el puente, que vamos a hacer si el tren viene de frente.

-¿Qué tren Raquel?, el no pasa sino hasta las ocho de la mañana, ven deja de quejarte- exclamó Rosa, sujetando a su hermana que se le estaba cayendo. Además de lo que debes preocuparte es de agarrarte bien para que no caigamos rio abajo.

Tras oír eso ella se apretó al cuello de su hermana mayor con todas sus fuerzas. 

A medida que se acercaban a la loma ambas se percataron que una blanquecina luz resplandecía detrás de ella.

-¡Es la luna, por fin salió!- grito de gozo Raquel.

-¡Ya casi llegamos, solo cruzamos el puente y…!- exclamó Rosa.

Sin embargo al llegar al otro lado una penetrante luz deslumbró a las hermanas.

Ninguna se habían percatado hasta entonces, pero a medida que bordeaban la loma, los insectos, ranas y demás animales habían dejado de cantar. El aire se había vuelto espeso y el viento dejo se soplar, no hacia frío ni calor y solo había una incómoda sensación de haber llegado al lugar equivocado.

 

A unos cincuenta metros de ellas estaba el puente de la línea y encima de este un tumulto de figuras altas, pálidas y demacradas se arremolinaban de extremo a extremo del puente. Y estos limpiaban desesperadamente sus ropajes con una sustancia viscosa imposible de describir. Las hermanas quedaron petrificadas de terror mientras observaban todo esto. Hasta que una de esas figuras se percató de sus presencias y otros de ellos se voltearon hacia ellas.

 

-Corre…¡Corre!- grito Raquel llorando y agitando a su hermana para que volviera en si.

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Cuando finalmente las niñas llegaron a casa a la mañana siguiente, su madre las reprendió como nunca antes. Pero asustadas y entre lágrimas le explicaron lo que había sucedido y lo que habían visto.

 

-Vieron, vieron, pero eso les pasa por andar de inventoras caminando solas por la madrugada. Nadie debe dejar su casa cuando se oculta el sol y mucho menos acercarse a ese puente, las brujas se reúnen allí a hacer sus cochinadas y a joderle la vida a la gente- explicó furiosa- jamás se les ocurra volver a hacer esa pendejada de nuevo. ¡Y mucho menos contarle a alguien más lo que vieron!

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