Sábado de Gloria

Carlos Gómez

La rumba empezó tarde para Chepe, quien había estado toda la noche sentado en el portal de la casa de su hermano, esperando que se hiciera de medianoche para que abrieran la cantina. Eran las 11:30 cuando empezó a afilar el machete y una vez satisfecho, agarró rumbo para el jardín. Estaba seguro que allá estaría Margarita, y que si las cosas se daban como él planeaba, se la llevaría por fin para su casa esa madrugada.

 

La música de la rockola lo iba guiando desde que había salido de su pueblo, pero cuando llegó, luego de una exhaustiva inspección de las parejas en la pista de baile y de los asistentes sentados, pudo confirmar la ausencia de su Margarita.

El despecho y la desilusión lo hicieron agarrar de mala gana un taburete, reclinarlo en el marco de la puerta y acompañarse de una botella en la entrada. De vez en cuando perdía la mirada en el cielo y las nubes le permitían ver las estrellas.

 

Así estuvo incluso cuando se formó el alboroto de la Gallera o cuando se le acercaron para ofrecerle compañía algunas damas del lugar.

Llegó al fondo de la botella, mas no se le quitó lo taciturno. De cualquier forma pidió otra y cerca de las 3 a.m., cuando el fogaje del baile pegado y las gotas de sudor enrarecieron el ambiente con espejismos de calor, se resignó a que nada de eso lo hacía sentir mejor. El mal de amores rara vez se cura tan fácilmente.

 

Agarró su machete y se dispuso a regresar a su casa. Pensó en pasar por la casa de la abuela de Margarita, sólo para confirmar que todos estuvieran durmiendo. Apretaba los dientes pensando que Margarita hubiera podido ir a pasar la noche a otro baile y estar bailando con otro hombre.

 

Caminaba lento entre los árboles, respirando caliente por todo el aguardiente que se había tomado, se abría paso entre la selva, cuando de repente escuchó un compás como de tambor, que venía de la copa de algún árbol .

-¡Ave María Purísima!. Gritó. ¿Quién anda ahí

 

Pero nadie le contestó. El tambor siguió sonando y Chepe no sabía de qué árbol provenía. Lanzó varios machetazos al aire, pero el ritmo del tambor ni se inmutó. Abrió los ojos tanto como el alcohol que cargaba encima le permitió y vio desde el otro lado de la quebrada a una mujer que le sonreía. De lejos se parecía mucho a Margarita, pero el velo que usaba para taparse la cara no permitía la seguridad total.

Chepe dió dos pasos atrás y sintió como algo frío le tocaba la espalda. Inmediatamente escuchó una risa y esta vez estuvo totalmente seguro que era la risa de Margarita. Pero a la vez sabía que esta podría ser una trampa del maligno, para lo cual estaba preparado con el Padre Nuestro al revés y uno que otro rezo anti-espíritus.

La voz le dijo, mientras le acariciaba la espalda y aumentaba el ritmo del tambor,

-Esta noche te vienes tú conmigo…

Pero Chepe sabía que no había otro más diestro que él con el machete ni las dagas, así que lanzó el machete hasta la otra orilla, atrapando la túnica larga en la corteza de un árbol, y aprovechando la ventaja, cruzó el charco de un salto mientras empezaba a recitar el Padre Nuestro. Sacó el cuchillo y lo enterró en el pie de la bruja, que con cada palabra del rezo iba perdiendo su belleza: el joven rostro de la amada, se había ido tornando en la decrepitud de la vejez y las arrugas.

El tambor se detuvo súbitamente, dejando en la selva un eco espectral. El espanto se retorcía y chillaba con los rezos de Chepe que quería dejarla fijada al suelo hasta el amanecer para descubrir quién era, pero en un movimiento rápido, logró aflojar el cuchillo y librarse de la atadura para salir volando entre las nubes.

 

A Chepe ya se le había pasado toda la borrachera cuando bajó por la colina, rumbo al parque. Al pasar frente a la iglesia, agarró fuerte el machete con una mano y con la otra se persignó. Se quedó mirando, tras el campanario de la iglesia, los colores rojo, violeta y rosado del amanecer y tuvo la impresión que esa evocación era producto del descenso de Cristo hacia los infiernos. Llegó hasta una cerca de una casa y desde allí pudo observar, recién levantada a Margarita, comiendo tortillas con café. Una nueva sensación de embriaguez y cansancio lo sobrecogió. Atrás había quedado la noche.

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