Sus ojos blancos y hambrientos
María Elisa Mascarín

Eran las 5:30 am cuando María abrió la puerta de su casa. Tenía que hacer un recorrido de unos siete minutos a pie hasta llegar a la parada de su casa y tomar el bus.

Cuando se mudó del interior a la capital, pensó que no tendría que madrugar ni caminar tanto para ir a trabajar; pero la vida a veces juega bromas irónicas y ella seguía teniendo que caminar mucho, y levantarse temprano para trabajar.

Había cambiado el camino de tierra, por uno de cemento, las guarichas para alumbrar, por postes de luz y los cuentos de brujas por los de ladrones, una amenaza en su opinión verdadera, no como esas tonterías que le contaba su abuela de niña para asustarla.

Llevaba unos meses en la ciudad ya, y aunque prefería la luz eléctrica a las linternas del interior, le molestaba la constante fluctuación de energía y los apagones por donde vivía ahora.

Unos días atrás había estado caminando tranquila, pero, justo a tres o cuatro pasos del segundo poste de luz, el que iluminaba hasta el siguiente poste en la esquina de la curva, donde estaba la tiendita del chino y parte de la quebrada que se crecía cuando llovía, escuchaba un sonido atroz que le desconcertaba.

Las primeras dos veces parecía el ronquido de un motor viejo y no le dio mayor importancia, pero el tercer día fue diferente: el rugido se volvía agudo gradualmente, pero acelerado y por alguna razón la inquietó lo suficiente, para acelerar el paso.

El cuarto y quinto día, sin embargo, junto al sonido había escuchado pasos. No los pasos de zapatos al chocar con el cemento de la calle, o de algún perro con las uñas largas. Eran como el sonido de hierro chocando con la calle, pasos medio arrastrados. Pensó en las advertencias de su padre sobre maleantes en la ciudad, y decidió pasar algo de dinero a su bolsillo “por si acaso”.

El día anterior, su perspectiva había cambiado un poco: No sólo por el rugido y los condenados pasos sino porque la luz del bendito poste había titilado justo al escuchar el rugido y el ambiente se había puesto bastante frío. Recuerdos de los relatos de su abuela se habían apilado rápidamente en su memoria y el miedo de su infancia la hizo correr el resto del camino a la parada de bus.

Ese día, debía admitir que tenía bastante miedo. La sensación se había hecho presente desde que se despertó al escuchar un trueno ensordecedor. Además, el frío inusual y la muy leve capa de neblina que vio al abrir la puerta de la casa, no ayudaron en lo absoluto, sino que acrecentaron la sensación. La neblina, la había hecho recordar a su abuela y sus cuentos nuevamente.

“Había una neblina espesa, esa noche de septiembre cuando tu abuelo vio a la tulivieja. El pobre dice que había estado escuchando el lloriqueo desde hacía días por el camino, cerca de la quebrada, pero ese día la vio de frente, antes de que empezara a llover.”

Otro trueno la trajo de vuelta al presente, y agitó la cabeza un poco. Las memorias de su abuela siempre la hacían sonreír, pero ese día no era uno de ellos.


Suspiró lentamente y una vez trancada la puerta, salió a la calle. Pasó por la casa de su vecino y vio al perro que había alzado su cabeza al escucharla salir.

- Adiós, precioso - el can la observó y en vez de acercarse a la baranda para lamerle la mano, como hacía todos los días, agachó la cabeza y gimió un poco. No como si estuviese triste o lastimado, sino como si estuviera asustado.

El acto le extrañó a María, y la pequeña paranoia que estaba sintiendo empezó a incrementarse. Le dio una mirada más al perro, y siguió su camino.

A medida que avanzaba, parecía que la neblina se hacía más espesa, y le pareció distinguir la forma de… ¿una mujer encorvada? Pero no podía ser. Seguro su mente estaba sugestionada. Después de todo, en la capital no se aparecía la tulivieja, ni la silampa, ni los duendes. ¿Verdad? ¿Sería una anciana? Pero ¿tan temprano y con ese frío y sola?

Pasó el primer poste y se preparó para que la luz titilara, pero nada sucedió. Se dio cuenta que estaba muy tensa y hasta sonrió un poco, pensando en lo tonta que estaba siendo, sobre todo cuando notó que no había ninguna vieja o mujer encorvada en el camino.


Cuando estaba llegando a la luz del segundo poste, escuchó el rugido, esta vez más fuerte que las madrugadas anteriores, y justo cuando estaba por llegar a la parte donde mejor alumbraba el poste, la luz se apagó, como burlándose de su efímero sentimiento de seguridad.

El terror se hizo huésped en su pecho pues su corazón latía con tanta fuerza que lo podía escuchar. Hacía tanto frío, que sintió el momento en el que los vellos de los brazos se le erizaron. Ahora, la luz del poste de la curva era su única iluminación y su instinto la hizo correr cuando el rugido se escuchó de nuevo, peligrosamente cerca de ella y un fuerte olor a azufre inundó sus fosas nasales.

La luz de la curva, su supuesta salvación, se apagó dejándola en una penumbra macabra, haciéndola parar en seco. ¿Qué estaba pasando? Esto no era normal. Los latidos de su corazón parecían hacer eco en la calle y el olor del azufre se había vuelto asfixiante. Entonces, antes de que su conciencia la regañara por parar y por no ponerse a salvo del peligro invisible, la luz volvió a encender.

A su lado, una criatura de al menos dos metros se erguía imponente. Tenía pelaje negro, brillante, como el de un animal al que se le da buena comida a diario. Caminaba en dos patas, parecidas a las de un caballo y su torso se asemejaba al de un hombre, pero cubierto también por el pelaje grueso y negro.

Tenía un hocico grande, propio de un perro que dejaba ver unos filosos colmillos en los lados y unos cuernos, como los de un macho cabrío de montaña. Pero lo que más llamaba su atención eran sus ojos: Eran totalmente blancos, sin pupilas, sin iris, simplemente blancos. Una leve neblina salía de ellos a sus lados y se extendía por su pelaje y la calle. Sus ojos, eran la causa de la neblina.

…Y, eran esos ojos blancos los que de alguna forma transmitían odio, ira, peligro sufrimiento...pero, sobre todo, hambre.

La criatura la consideró un instante y gruñó nuevamente. María sintió sus piernas temblar, pero cuando vio como estiraba uno de sus brazos (¿qué era eso una mano o una pezuña?), la adrenalina alcanzó su sangre y salió corriendo hacía enfrente.

Un gruñido de frustración y rabia se escuchó, pero María no se detuvo hasta escuchar el pito de un auto amarillo que salía de una de las callejuelas de la barriada. No lo pensó dos veces y se montó claramente asustada.

El chófer no comentó nada, pero María notó como apretaba el timón con sus manos tan fuerte que sus nudillos se pusieron blancos y estaba tan rígido que pensó que no avanzaría. 

- ¡Vamos! – le gritó María y el chofer aceleró rápido y no frenó hasta ver gente cerca de la parada del bus.

Cuando llegaron a la misma, María suspiró, su corazón por fin aliviado. Se aclaró la garganta, apenada por el grito que le dio al señor y buscó el dólar que usualmente se pagaba a los taxistas que transportaban de la parada hacia adentro de la barriada, pero el señor negó con la cabeza.

- Yo normalmente no salgo a esta hora, pero por alguna razón no podía dormir. Decidí hacer un par de vueltas por el área y en realidad yo no iba a coger para acá... Pero vi lo que venía tras de ti. Déjalo así. Hoy por ti, mañana por mí. – Colocó el freno de mano y se acomodó en el asiento, ajustando el respaldar.

- Gracias, señor… –

- Reza mucho, niña – dijo – Ese bicho…alguna vez escuché cuentos del chivato en el interior, pero nunca pensé que lo vería – El señor se hizo la señal de la cruz y la miró – Ven con cuidado, y reza.

María asintió amablemente y se bajó del carro, su corazón bajando lentamente la velocidad de sus latidos. Ella tampoco pensó que algo así le pasaría en la ciudad. Miró el camino de cemento, tan diferente a los de su pueblo, de cemento y con postes eléctricos.

La neblina se empezaba a disipar lentamente.

A lo lejos, un rugido acechante y terrorífico se escuchó. Aún tenía hambre.

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