Viernes Santo

Carlos Gómez

De la desaparición de brujas y duendes tengo que culpar a la modernidad. Específicamente a la luz eléctrica. Hoy basta con tocar un pequeño interruptor para atravesar a la oscuridad y disipar todos los males que se cuajan en su vientre.

Pero la electricidad, como muchos de los artilugios modernos, tiene sus limitaciones. Aquí en la escuela, que es donde paso casi todo mi tiempo, la genera el último panel solar que todavía funciona; los tres ríos, la falta de caminos y los dos días de viaje, no han permitido que nadie venga a reparar los otros. Por lo que ahora me enfrento al fin de semana, con la batería mal cargada. El carro que debía sacarme del pueblo no viaja hoy, porque el Viernes Santo, como si fuera un mandamiento, es sagrado hasta para los hombres más rudos de este campo.

La escuela está emplazada sobre una colina, lo que permite ver todo el pueblo: La iglesia, su parque y las 50 casas que la rodean, pero hoy, todo está desierto. De lejos llega el olor a pepita de marañón y el canto de los totorrones; no corre el viento y las ramas de los árboles se mantienen inmóviles. (Tengo que apagar el abanico si quiero que me dure la luz para la noche).

 

El estruendo repica en las paredes como un sobresalto en el medio de la nada y el pueblo se inunda de una atmósfera que es más de Apocalipsis que de Pascua. Son las 3 de la tarde. Anuncian la crucifixión. (¿Abanico, por qué me has abandonado?)

Una nube se cierne sobre el lugar y la oscuridad que irrumpe hace parecer a las 50 casas un mausoleo de lápidas gigantes. Bien puede ser que yo sea el único ser vivo en todo el pueblo; todo sigue suspendido en el tiempo.

 

Intento encender la luz del cuarto, pero ninguna enciende. La nube nos ha aislado completamente. (La maldita batería se ha muerto de nuevo). Salgo hasta la puerta del cuarto/salón de clases donde duermo y veo al pie de la colina una sombra que se arrastra y se acerca y por esas raras asociaciones metafísicas, el escepticismo se me vuelve escalofrío, recorriéndome todo el cuerpo. Los totorrones han dejado de cantar y sopla un viento frío. Como en un eclipse, la oscuridad es casi total.

Abro bien los ojos, como si forzara a mis pupilas a abrirse más, pero no logro distinguir la silueta todavía y vienen a mi mente las palabras de mi padre: “En Semana Santa, el Diablo anda suelto”. Y aunque yo no veo, ni cachos ni cola, creo que se está paseando por aquí. Estoy sudando frío. (¿Sin luz, quién podrá salvarme del maligno que se acerca? ¿Quién me ampara si mi salvador acaba de morir en la cruz?) Cierro los ojos y empiezo, temblando:

 

“Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino….”

 

Me interrumpe un fuerte aleteo, y el canto de un gallo se transmuta de pronto en: -Buenas tardes.

Abro los ojos, empapado en sudor, y la frágil figura se materializa ante mi, totalmente ataviada de luto, es una señora. La había visto antes en el coro de la iglesia. No le puedo responder, estoy apenado y aliviado. Sólo la sigo con la mirada mientras continúa su camino. Más arriba se encuentra la cisterna donde se va a buscar agua, una quebrada y otro pueblito.

 

El sol sale radiante, golpeando los cerros en el horizonte, las gallinas empiezan su cacareo y los niños salen corriendo de sus casas. (¡Consumado está!). Mañana temprano, necesito convencer a alguien para que me lleven a la capital. Esta calor y esta selva, termina por volver loco a cualquiera.

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